Hace unos días descubrí un concepto que me fascinó: el contrato de Ulises.

La historia es conocida. Ulises quería escuchar el canto de las sirenas, pero sabía perfectamente lo que ocurriría cuando lo hiciera. Perdería la razón, ordenaría cambiar el rumbo y acabaría llevando el barco hacia las rocas.

Así que hizo algo extraordinariamente inteligente: no confió en su fuerza de voluntad.

Antes de escuchar a las sirenas, pidió a sus hombres que lo ataran al mástil y les ordenó que, por mucho que gritara, suplicara o exigiera que lo soltaran, no le hicieran caso. Ulises tomó una decisión en nombre del Ulises que sería unas horas después.

Y eso me parece fascinante.

Porque durante buena parte de nuestra vida nos enseñan exactamente lo contrario. Nos hablan de disciplina, carácter, fuerza de voluntad, determinación. Como si la versión racional de nosotros mismos estuviera siempre al mando.

Pero no es verdad. Todos tenemos muchos “yo”.

Está el que el domingo por la noche decide que el lunes cambiará su vida. Y está el del lunes por la mañana. Está el que hace planes a cinco años. Y está el que una tarde cualquiera está cansado, enfadado, asustado o sencillamente harto. Está el que sabe perfectamente qué debería hacer. Y está el que, llegado el momento, hace otra cosa.

Puede que madurar consista también en comprender esto: en dejar de pensar que siempre seremos capaces de tomar la decisión correcta en el instante adecuado y empezar a construir nuestra vida de manera que algunas decisiones importantes estén tomadas de antemano.

Todos tenemos nuestras sirenas

Con los años he descubierto algo sobre mí mismo. Soy enormemente capaz de entusiasmarme con una idea. Probablemente demasiado. Una posibilidad nueva puede ocuparme la cabeza durante horas. Un proyecto puede convertirse rápidamente en otro proyecto, y ese otro en tres posibilidades más. Ilusamente pensé que aquello era simplemente creatividad. Y lo es. Pero la creatividad sin límites también puede convertirse en dispersión. Por eso he aprendido a ponerme mis propios mástiles.

Una regla. Un procedimiento. Una fecha. Un compromiso adquirido con otra persona. Una decisión escrita cuando todavía estoy pensando con claridad.

Pero no lo hago para quitarme libertad, sino precisamente para proteger aquello que realmente quiero hacer con ella.

Porque hay una hermosa paradoja en todo esto: a veces somos más libres cuando voluntariamente reducimos nuestras opciones.

Quien decide ahorrar automáticamente todos los meses está renunciando a una pequeña libertad presente para proteger una libertad futura. Quien elimina una tentación de su entorno está aceptando que quizá mañana no tenga la misma determinación que tiene hoy. Quien establece una regla antes de enfrentarse a una situación difícil está enviándole un mensaje a su propio futuro: Sé que quizá allí dentro no pensarás como pienso yo ahora. Por eso he dejado esto preparado para ti.

La arquitectura de nuestras decisiones

Cada vez estoy más convencido de que una vida no se construye únicamente tomando buenas decisiones. También se construye diseñando el escenario en el que tendremos que tomarlas. Hay decisiones que deberían depender lo menos posible de nuestro estado de ánimo. Ahorrar. Cumplir determinados compromisos. No abandonar algo importante durante un mal día. No responder inmediatamente cuando estamos enfadados. No tomar determinadas decisiones cuando estamos eufóricos. Incluso en el mundo empresarial ocurre constantemente.

Tan impostor puede ser el pesimismo como el entusiasmo.

Porque ambos distorsionan.

Cuando todo parece ir mal, nuestra mente exagera el fracaso. Cuando todo parece ir extraordinariamente bien, exagera nuestras capacidades.

Y quizá en ambos casos convenga tener alguna cuerda alrededor del mástil. Un presupuesto máximo decidido antes. Un criterio para abandonar un proyecto. Un plazo mínimo antes de tomar una decisión importante. Una segunda opinión obligatoria. Una noche de sueño antes de pulsar determinados botones. Pequeños contratos con nosotros mismos.

No es debilidad

Lo verdaderamente interesante del contrato de Ulises es que parte de una idea que, al principio, puede resultar incómoda: aceptar que no siempre podemos fiarnos de nosotros mismos.

Pero eso no me parece una debilidad. Me parece una forma bastante sofisticada de inteligencia. Conocerse no consiste únicamente en saber cuáles son nuestras virtudes. También consiste en conocer nuestras grietas. Saber dónde solemos equivocarnos. Qué nos seduce. Qué nos asusta. Qué decisiones tomamos mal cuando estamos cansados. Qué cosas abandonamos demasiado pronto. Y cuáles prolongamos demasiado tiempo simplemente porque nos cuesta aceptar que nos equivocamos.

Ulises no se consideraba débil por atarse al mástil. Precisamente porque conocía la fuerza del canto de las sirenas decidió anticiparse. No intentó convertirse milagrosamente en alguien inmune. Construyó un mecanismo para protegerse.

Las decisiones que toma nuestro yo anterior

Pensándolo bien, nuestras vidas están llenas de pequeños contratos de Ulises. El despertador que dejamos preparado. La domiciliación de un recibo. La cita que concertamos semanas antes. El dinero que apartamos automáticamente. La promesa hecha a alguien. El billete comprado para obligarnos a hacer ese viaje que llevábamos años posponiendo. Son maneras de hacer que una versión anterior de nosotros mismos tenga cierto poder sobre la siguiente. Y quizá deberíamos hacerlo más conscientemente. Preguntarnos de vez en cuando: ¿Qué decisión puedo tomar hoy para protegerme de mí mismo mañana?. No porque mañana vaya a ser peor persona, sino simplemente porque mañana seré otra versión de mí. Tendré otras emociones. Otro cansancio. Otros miedos. Otras tentaciones.

Elegir nuestras propias cuerdas

La historia de Ulises siempre me ha fascinado. Él quería escuchar a las sirenas. No quería vivir evitando para siempre aquello que podía seducirlo. Quería atravesar aquella experiencia. Escuchar. Sentir. Conocer. Pero también quería seguir navegando después. Quería volver a casa. Por supuesto no estoy diciendo que haya que vivir atado. Se trata de saber cuándo merece la pena atarse. Elegir conscientemente algunas cuerdas para poder conservar intacto el rumbo.

Porque tampoco creo que la libertad consista siempre en poder cambiar de opinión en cualquier momento. A veces consiste precisamente en haber decidido, cuando estábamos lúcidos, qué cosas no queremos que nuestro yo del futuro pueda negociar.

Todos tenemos nuestras sirenas.

La cuestión que yo me planteo ahora es otra: ¿cuál es nuestro mástil?


Escrito por Ángel Monroy García, usando el medio para enviar un mensaje en una botella desde un mástil.