24 de octubre de 2026

Hoy hace exactamente diez años que murió mi padre.

Cuando se fue, escribí un obituario en el que recordaba una mañana de enero de 1987. Yo era un niño y mi padre estaba a punto de encerrarse e iniciar una huelga de hambre para defender los derechos de unos trabajadores.

Antes de marcharse, me besó, me apretó la mano y me dijo: «Sé bueno». Con los años comprendí el verdadero alcance de aquellas dos palabras.

Mi padre me enseñó que esta vida no merece la pena ser vivida sin compromiso. Que la fuerza que uno tenga debe ponerse siempre al servicio de quien más la necesita. Frente al abuso, frente a la injusticia, frente a la tentación de mirar hacia otro lado. Ser fuerte ni mucho menos para imponerse, pero sí para interponerse.

He intentado vivir así. Y me ha costado caro. Algunas veces, extraordinariamente caro. Como decía Sabina "…que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena…". Pero nunca me he planteado vivir de otra manera.

Mi padre era sindicalista. Yo me hice empresario. Y él presumía de mí delante de sus amigos, que después venían a contármelo. Nunca hubo contradicción entre nuestros caminos. Nos admirábamos profundamente y, afortunadamente, los dos lo sabíamos.

No nos faltó amor expresado. Nos faltó tiempo.

Durante estos diez años he tenido infinidad de buenas noticias que me habría encantado contarle. Pero también he atravesado momentos de una dureza inimaginable, en los que su ausencia ha sido una aflicción añadida.

Porque incluso quienes hemos aprendido a ser fuertes necesitamos, algunas veces, tener a nuestro padre cerca.

Hoy he elegido una imagen para recordarlo. Un hombre sentado de espaldas, en un banco casi vacío, y unas palabras:

«Fue el mejor. Nadie lo supo. Fin».

Aunque no es del todo cierto. Lo supieron muchos de quienes lo conocieron, trabajaron con él o recibieron su ayuda.

Y yo tuve el inmenso privilegio de llamarlo papá.

Diez años después sigo encontrándolo en mis decisiones, en mis convicciones y en esa obstinación, a veces tan poco rentable, de intentar hacer lo que creo correcto.

Sigo escuchando aquel «sé bueno» de 1987.

No siempre lo consigo, papá.

Pero sigo intentándolo. Y no pienso dejar de hacerlo.