Hace casi dos meses que no escribo.

No ha sido por falta de cosas que contar, ni de ideas que expresar. Más bien, ha sido, quizá, porque algunas etapas de la vida exigen silencio y apretar dientes y culo.

Ese silencio intentando estar entero por dentro mientras la Tierra entera se te mueve bajo los pies.

Durante este tiempo he vivido pendiente de decisiones que podían condicionar gravemente mi futuro. No hablo solo de trabajo, ni de proyectos, ni de empresas. Hablo de algo más profundo: la paz, la dignidad, la posibilidad de mirar hacia delante sin una sombra injusta respirándote en la nuca. Durante años he cargado con una acusación que siempre supe falsa. Una acusación que hizo daño. Que sembró miedo. Que afectó a mi vida, a mi entorno, y a mis proyectos y a mi forma de ver el mundo.

Hay daños que viven en las noches largas. En las conversaciones aplazadas. En las oportunidades que se enfrían. En las miradas que cambian sin preguntar. En la necesidad absurda de tener que demostrar, una y otra vez, que uno no es aquello que otros intentaron escribir sobre él.

Pero al final la verdad tiene esa paciencia tan familiar, que creo que siempre vivió en mí. Tarda. Tarda mucho, muchísimo. A veces parece llegar con los zapatos llenos de barro. Pero llega. Por el momento sin grito aún. Con paciencia siempre.

Al final se ha resuelto donde debe. Y se ha hablado claro.

Nada era cierto. No había fundamento. Pero dolió tanto… Ese dolor del que nada ni nadie te repara.

No lo vivo como una victoria. Nada que celebrar.

No hay revancha ni venganza. Estas son habitaciones pequeñas, mal ventiladas, donde todo huele a cerrado.

Lo escribo desde la serenidad. Esta serenidad que no debo confundir con quietud. Sólo es pacífica. Como cuando permanezco un buen rato en el fondo del agua, en silencio, hasta donde los pulmones aguantan, y vuelvo a emerger, con el profundo alivio de llenarlos de oxígeno y continuar.

Estos dos meses también me han enseñado otra cosa.

Inventario. Algunas personas que eran importantes para mí desaparecieron de una forma que todavía no termino de comprender. No hicieron ruido. No dieron explicaciones. Simplemente dejaron de estar. Normalmente esto se llamaría incomprensión insondable, ahora se llama ghosting. Tampoco con esto hay reproche, pero sería falso fingir que no duele.

Durante este proceso he rememorado, a menudo, la escena de los Vengadores de Marvel, donde algunos se van deshaciendo en cenizas y desaparecen con el viento.

También ha ocurrido lo contrario: ha habido personas que se han volcado conmigo.

Personas que han llamado, que han preguntado, que han acompañado, que han estado cerca sin exigir explicaciones heroicas ni discursos perfectos. Hay quienes incluso han reaparecido por sorpresa. Personas que, en medio de la incertidumbre, han sido una lámpara encendida.

Y eso no se olvida. No lo voy a olvidar.

Porque estar en estos momentos es una forma altísima de amor.

No hace falta salvar a nadie. A veces basta con no dejarlo solo mientras intenta salvarse.

Por eso este regreso al blog no es simplemente una publicación nueva. Es una señal.

Una forma de decir: sigo aquí. Pero no igual. Algo ha terminado. Y algo empieza. Quizá no sea el final de una etapa, quizá sea algo más importante.

El final del principio.

Ese momento extraño en el que uno se sienta delante de su propia vida, mira todos los procesos abiertos, todas las ventanas bloqueadas, todos los programas que ya no responden, y entiende que ha llegado la hora de hacer lo que tantas veces hemos hecho con un ordenador agotado: Control + Alt + Suprimir.

Cerrar lo que consumía energía sin sentido. Terminar procesos que ya no deben seguir abiertos. Reiniciar el sistema, donde detectamos demasiadas fallas parcheadas. Pero no es un checkpoint al que volver para salvaguardar lo realizado.

Para volver de otra forma, al menos con mayor capacidad de visión para ser más selectivo con las personas, con las batallas, con el tiempo y con la esperanza.

Coño, hablando de visión… Si la vida me quería subrayar la metáfora con rotulador fosforito, en estos dos meses que no visito este cuaderno, también me he sometido a una vitrectomía. He tenido que aprender a esperar también con el cuerpo. A recuperar la vista lentamente. A aceptar que no todo vuelve de golpe, que hay claridades que necesitan tiempo, reposo y una paciencia casi de eje de coordenadas. En definitiva, he tenido que aprender a esperar también con la mirada. A aceptar que la claridad no regresa de golpe. A veces vuelve poco a poco, como la luz entrando por una persiana entreabierta. Quizá por eso este regreso tiene algo de doble recuperación: volver a escribir y volver a mirar. No sé exactamente cómo será esta nueva etapa. Tampoco necesito todas las latitudes localizadas.

Sé que quiero escribir más. Crear más. Vivir más despierto. Cuidar mejor a quienes han estado. Alejarme, sin ruido, de quienes solo estuvieron cuando no hacía falta estar. He pasado mucho tiempo defendiendo mi futuro. Ahora quiero empezar a construirlo.

Hoy vuelvo a escribir. Y al hacerlo, siento que no estoy pulsando una tecla cualquiera. Estoy pulsando reiniciar.


Escrito por Ángel Monroy García, después del silencio, con la vida reiniciándose despacio.