
Tu producto ya está. Tu energía también.
Hay un momento extraño —casi íntimo— en el que te das cuenta de que el producto ya está. No “perfecto”. No “acabado para siempre”. Pero sí lo suficientemente sólido como para sostener una conversación real con el mercado. Y, sin embargo, justo ahí aparece la trampa: sigues trabajando como si aún estuvieras en modo construcción, como si el mundo te pagara por añadir una coma más. El mundo no paga por comas. Paga por soluciones. ...



