He descubierto una palabra nueva.

Liminalidad.

Como muchas palabras que parecen inventadas para cobrar una consulta a 120 euros, en realidad describe algo bastante sencillo: el estado en el que ya has salido de un sitio, pero todavía no has entrado del todo en el siguiente.

Estás en medio. En el umbral. Ni aquí ni allí. Y resulta que llevo una temporada viviendo exactamente ahí.

Mi vida anterior ya no existe como existía.

Mi hijo ya no vive conmigo. La casa tiene otros sonidos, otros horarios y, sobre todo, una capacidad sorprendente para permanecer exactamente como la dejé.

Esto tiene algunas ventajas objetivas. Si dejo un vaso encima de una mesa y tres horas después sigue allí, puedo establecer con bastante seguridad quién es el responsable. La investigación suele ser breve.

Pero la ausencia tiene otras geometrías.

Durante años, ser padre también significaba una multitud de pequeños actos cotidianos que uno apenas registra mientras ocurren. Horarios. Comidas. Puertas que se abren. Cosas que aparecen inexplicablemente fuera de su sitio. Conversaciones que empiezan sin previo aviso. Ruido. Sobre todo ruido. Y un día el ruido desaparece. Evidentemente no desaparece la paternidad, pero sí el ruido.

Y entonces caes en la cuenta que una parte importante de tu vida estaba construida alrededor de cosas que parecían pequeñas precisamente porque sucedían todos los días.

Al mismo tiempo, mi cuerpo decidió abrir su propio expediente de transición. Estoy recuperando la salud despacio. Mucho más despacio de lo que le parece razonable a mi cabeza. Mi cabeza es de gestión por objetivos. Mi cuerpo, al parecer, trabaja para la Administración. Tiene sus plazos. Sus procedimientos. Y no admite recursos de urgencia.

Así que también estoy aprendiendo algo bastante humillante para alguien acostumbrado a resolver problemas: hay cosas que no se arreglan trabajando más horas. Hay que curarlas, como hace mi hermano con sus jamones. El plazo justo, ni más ni menos.

Entre dos versiones

La liminalidad tiene algo jodido. La vida anterior todavía está lo suficientemente cerca como para recordarla con precisión.La siguiente todavía está demasiado lejos como para saber exactamente qué aspecto tendrá. Es como estar mudándote sin haber decidido todavía dónde colocar el sofá. Y existe una tentación bastante humana: resolverlo cuanto antes.

Llenar los huecos. Ocupar la agenda. Buscar ruido nuevo para sustituir al viejo. Inventarse urgentemente una nueva normalidad. Pero empiezo a sospechar que eso sería un error. No hay que rellenar todos los espacios vacíos. Puedes dejarlos así, para mirarlos. Porque en ese espacio, de repente, puedes notar algo que durante años fue escaso: espacio. Espacio físico. Espacio mental. Espacio temporal.

Y todavía no tengo claro qué quiero hacer con todo eso. Pero, por primera vez, tampoco siento ninguna necesidad especial de decidirlo mañana.

El peligro de redecorar demasiado pronto

Cuando uno atraviesa un cambio importante existe cierta obsesión (y cierta inquietud/ansiedad) por reconstruir. Nueva rutina. Nuevos hábitos. Nuevos planes. Nueva vida. Todo nuevo. Parece que hubiera que inaugurar la siguiente versión de uno mismo con catering y photocall. No estoy seguro.

Quizá primero haya que dejar las paredes desnudas un tiempo. Ver dónde entra la luz, y dónde falta. Descubrir qué cosas echas realmente de menos y cuáles estaban allí simplemente porque llevaban allí veinte años. Esto vale para una casa, para una agenda, para las relaciones, para los proyectos. Y probablemente también para uno mismo.

Durante mucho tiempo vivimos acumulando. Responsabilidades. Objetos. Personas. Obligaciones. Planes. Expectativas. Y llega un momento raro en el que la vida hace una especie de DELETE. Y no siempre tienes que confirmarlo. Y entonces aparece el miedo al vacío.

Pero el vacío tiene mala prensa. No siempre significa pérdida pura y dura. A veces es simplemente capacidad disponible.

Recuperar el cuerpo

Hay otra cosa que está ocurriendo mientras tanto. Entre cirugía y cirugía, mi cuerpo se recupera lentamente. Y aquí no hay literatura que valga. Es jodido y hay que pasarlo. Puedes decirte todas las frases inspiradoras que quieras, republicar todos los reels que seas capaz de consumir, abrazar tu vulnerabilidad o estampártela directamente por el culo, pero al final hay músculos que recuperar, kilómetros que caminar, hábitos que reconstruir y días mejores que otros. El cuerpo es brutalmente ejecutivo; hoy puedes, hoy no puedes. Punto, mañana veremos. Y esa lógica empieza a parecerme bastante sensata también para el resto de mi vida. No necesito resolver los próximos diez años. Necesito que hoy sea un poco mejor que hace un mes. Y eso ya es mucho, nos ha jodido mayo con las flores.

Vivir solo no es quedarse solo

Y después está la soledad. Uy qué miedo. Palabras mayores. Porque solemos utilizar la misma para situaciones completamente distintas. Una cosa es sentirse solo. Otra, vivir solo. Y otra muy distinta es aprender a estar solo. Esta última me interesa.

No pretendo convertir mi casa en un monasterio zen. Me conozco. Probablemente acabaría poniendo wifi al monasterio y montando algo con luces LED antes del desayuno. Pero sí quiero descubrir qué ocurre cuando una vida deja de estar organizada constantemente alrededor de otras presencias. Qué horarios son realmente míos. Qué me gusta hacer cuando nadie espera nada de mí. Qué cosas mantengo porque las quiero y cuáles simplemente sobrevivieron por inercia.

Es emocionante, porque a determinada edad resulta que todavía puedes encontrarte zonas de tu propia vida sin explorar. Y eso es un lujazo.

El umbral

Los antropólogos llamaron liminal a ese espacio intermedio de los ritos de paso. Ya no eres exactamente quien eras. Todavía no eres quien vas a ser. Durante un tiempo quedas entre ambos mundos. Antes habría pensado que esa situación debía resolverse rápidamente. Ahora no. Ahora empiezo a pensar que quizá convenga quedarse un rato en el umbral. Sin montar allí una vivienda permanente, obviamente. Pero sí el tiempo suficiente para mirar hacia atrás sin querer regresar y mirar hacia delante sin necesidad de correr.

Tengo 52 años. Mi hijo está haciendo su camino. Mi cuerpo está recuperando el suyo. Mi casa aprende un silencio diferente. Mis proyectos siguen ahí. Yo también. Y algo extraordinariamente vital es no saber exactamente cómo será lo siguiente.

Porque esta vez no estoy intentando recuperar mi vida anterior. Esa ya cumplió su función. Estoy construyendo otra. Con algunas piezas de aquella. Con otras nuevas. Y con bastante espacio todavía sin decidir.

Supongo que eso es la liminalidad: estar entre dos vidas. Pero no necesariamente perdido entre ellas. A veces simplemente estás cruzando la puerta. Y yo, por ahora, pienso cruzarla despacio. Pero pienso cruzarla.


Escrito por Ángel Monroy García, aprendiendo a habitar el umbral.