Las relaciones vienen, van, terminan… pero hay algunas relaciones que simplemente dejan de ocurrir.
No hay una despedida. Tampoco necesariamente un conflicto. Un día descubres que hace meses que no hablas con alguien con quien antes hablabas de casi todo. La vida hizo lo que suele hacer: mover las cosas de sitio.
Antes, cuando alguien salía de tu vida, desaparecía de ella. Ahora no. Ahora sigue ahí.
En Instagram o en cualquier red social.
No os escribís. No os llamáis. No sabéis realmente qué está pasando en la vida del otro. Pero os seguís. De vez en cuando aparece un me gusta. Una historia vista. Una reacción minúscula. Nada que pueda llamarse conversación.
Y, sin embargo, algo conversa.
Existe una palabra bastante conocida para una parte de este fenómeno: orbiting. Alguien abandona el contacto directo contigo pero permanece alrededor de tu vida digital. Ya no está dentro de ella, pero tampoco se marcha completamente. Orbita. Pulula.
La metáfora es perfecta.
Pero creo que hay algo más extraño -y quizá más interesante- cuando esa órbita o pululación es mutua.
Porque a veces no se trata simplemente de mirar las historias de alguien.
A veces estás deslizando distraídamente los reels de Instagram y aparece una pequeña señal: esa persona ha dado me gusta a esto.
Y lo que ha gustado no es cualquier cosa. Es una canción que significa algo. Una frase que podría pertenecer a una conversación que tuvisteis. Una escena que recuerda exactamente a algo que ocurrió entre vosotros. Un lugar. Una broma. Una forma de entender el mundo que durante algún tiempo fue compartida.
Y entonces sucede algo fascinante: no sabes si ese me gusta tiene absolutamente nada que ver contigo.
Probablemente no.
Pero podría.
Y ese podría es suficiente para que durante unos segundos vuelva a existir una conversación que nadie está manteniendo.
Intimidad ambiental
Hay un concepto que me gusta para aproximarme a esto: intimidad ambiental.
Las redes sociales nos permiten conservar una especie de conocimiento periférico de personas con las que ya no tenemos una relación activa. Sabes vagamente dónde están. Qué escuchan. Qué les hace gracia. A veces sabes que han viajado, que están tristes o que han cambiado de casa sin haber intercambiado una sola palabra con ellas. No forman parte de tu vida y, sin embargo, continúan formando parte de su paisaje.
Eso habría sido prácticamente imposible hace treinta años. Perder el contacto significaba perder información.
Hoy podemos perder a una persona sin perder completamente su presencia.
Y esa diferencia quizá sea mucho más importante de lo que parece. Porque las redes han inventado una categoría emocional bastante extraña: personas que ya no están, pero tampoco se han ido.
El diálogo que quizá no existe
Lo verdaderamente inquietante comienza cuando esas pequeñas señales parecen adquirir significado. Un me gusta aquí. Otro allá. Una historia. Una publicación.
Y poco a poco puede aparecer algo parecido a un diálogo indirecto.
No quiero romantizarlo. Existe una posibilidad bastante menos literaria: que no haya diálogo alguno. Los algoritmos mezclan nuestras vidas con una habilidad formidable para fabricar coincidencias. Y los seres humanos tenemos otra habilidad todavía mayor: encontrar significado donde quizá solamente existe azar. Pero tampoco estoy seguro de que todo pueda reducirse al algoritmo.
Porque conocemos a las personas que hemos querido. Conocemos sus códigos. Sabemos qué cosas significaron algo.
Y cuando determinados símbolos reaparecen, resulta difícil contemplarlos con la neutralidad con la que contemplaríamos el me gusta de un desconocido.
Quizá la pregunta interesante ni siquiera sea si aquel gesto estaba dirigido a nosotros.
Quizá sea esta:
¿qué clase de relación existe cuando dos personas han dejado de hablar pero todavía pueden reconocerse en las huellas digitales que van dejando?.
No tengo una palabra para eso.
Todavía.
Otras malas hierbas
El ghosting, el orbiting, el breadcrumbing y todos esos anglicismos algo ridículos que hemos ido inventando intentan nombrar comportamientos que la tecnología ha hecho posibles o, al menos, mucho más visibles.
Son la botánica sentimental de nuestro tiempo.
Y quizá por eso me gustan las malas hierbas como metáfora. Las relaciones tradicionales tenían caminos relativamente reconocibles: empezaban, crecían, cambiaban y terminaban.
Pero alrededor de esos caminos ahora crecen otras cosas. Vínculos sin conversación. Presencias sin compañía. Ausencias que miran nuestras historias. Personas que conocemos sin saber ya nada de ellas. Pequeños gestos digitales que quizá no significan absolutamente nada y que, sin embargo, algunas noches significan demasiado.
No sé si hay que arrancar esas malas hierbas.
Tal vez algunas convenga hacerlo. Tal vez otras simplemente nos recuerdan que por allí hubo alguna vez un jardín.
Y quizá el orbiting sea precisamente eso: la extraña forma que hemos inventado para seguir pasando, de vez en cuando, por lugares de los que ya nos habíamos marchado.
Escrito por Ángel Monroy García, después de un larga sentada en el WC viendo reels en Instagram.